Confieso que a veces tengo que pellizcarme para convencerme de que no estoy soñando. Llevo 28 años explicando Historia del Pensamiento Político, en Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense. Abro los periódicos, enciendo la televisión y la radio y me quedo atónito ante las matanzas que se producen en nombre de la divinidad en los más diversos lugares del mundo. Los integristas musulmanes de Sudán llevan 16 años en guerra con los cristianos y animistas negros del sur. Las diversas facciones chiítas y sunitas han sumido en un mar de sangre las tierras de Irán e Irak en nombre de Alá produciendo millones de muertos, de heridos y de desplazados. En el fondo de los enfrentamientos entre tutsi y hutus subyace una discriminación de base religiosa que exacerbó la colonización europea. El Mahatma Ghandi padeció los mayores sufrimientos al comprobar el fracaso de su misión al ver como se destrozaban, en una espantosa guerra de religión, hindúes y musulmanes cuyas consecuencias llegan hasta nuestros días en el enfrentamiento entre Pakistán e India.
Causa sonrojo ver al gobierno marxista de Pekín promocionando un niño como reencarnación del último Panchen Lama en oposición al que sostiene el Dalai Lama desde su destierro en la India. El espectáculo de Oriente Próximo en guerras continuas entre los seguidores de Jahwé, discípulos de Mahoma y cristianos coptos, maronitas, ortodoxos o católicos es de aurora boreal. Y lo más trágico es que el Estado de Israel se proclama laico en su constitución.
La historia del Islam es la estela de una guerra santa o jihad, porque dividieron el mundo en dar al Islam o tierra sometida y dar al harb, tierra por conquistar. No otra fue la historia espantosa de las guerras de religión en Europa durante el apogeo de la Cristiandad, con sus cruzadas ignominiosas, sus tribunales de la "santa" Inquisición, sus autos de fe y quema de herejes porque no pensaban como ellos. La historia de la conquista y colonización de Africa se hizo en nombre de las tres Ces: "cristianizar, civilizar y comerciar", como reconocieron Livingstone y los demás exploradores junto con el infame rey Alberto I de los belgas y el arbitrario e injusto reparto de aquellos pueblos y de aquellas gentes en la Conferencia de Berlín de 1885. Todo eso después de haber desangrado al continente con una esclavitud ignominiosa que llevaron a cabo los musulmanes por el Indico y católicos y protestantes europeos por el Atlántico.
La historia de la conquista del Nuevo Mundo es el paradigma del cinismo de las católicas majestades de Castilla y Portugal gracias a la Bula Inter Coetera por la que el papa Alejandro Borja les repartió el continente como si se tratase de animales salvajes. Los Estados Unidos de Norteamérica es la historia de un exterminio y de un genocidio sistemático de las poblaciones autóctonas en nombre de una misión divina: ellos eran los nuevos israelitas que habían atravesado el Mar Rojo (océano Atlántico) para ir a la Tierra prometida de la que habían de desalojar a los filisteos, amorreos y demás paganos (sioux, apaches, arapajoes, indios pueblos etc.)
Estamos en pleno siglo XXI, en un cambio de Era, que supone una mutación en la que todos nos sabemos próximos por las conquistas de las nuevas tecnologías de la comunicación que nos hacen sabernos solidarios unos de otros y responsables de un planeta azul con recursos limitados.
¿Cómo es posible que hayamos asistido a guerras de exterminio en nombre de la religión en Bosnia, en Croacia, en Eslovenia, en Serbia y se conmueva el resto de los Balcanes? ¿Se puede matar en nombre de Cristo, o de Alá como católicos, ortodoxos o musulmanes?
¿No se avecinan guerras terribles en las repúblicas transcaucásicas de la antigua Unión Soviética como se han llevado a cabo y se sostienen en Afganistán por los taliban, o estudiantes coránicos?
Pero lo que más me conmueve y me estremece es asistir a la locura colectiva que se da en el Ulster entre católicos y protestantes. En plena Europa, Irlanda y Gran Bretaña pertenecen a la Unión Europea y hemos asistido a baños de sangre, torturas, terrorismo, secuestros y asesinatos de gente inocente arruinando una de las regiones más empobrecidas del continente.
¿Es admisible que el grupo terrorista IRA se proclame católico y la jerarquía de esa Iglesia no los desautorice y exija que no pronuncien ese nombre en vano? ¿Es que los obispos protestantes, cristianos ellos también, no pueden llamar al orden a esos incontrolados de las logias de Orange que se empeñan en tocar sus fanfarrias por los barrios católicos?
Si se trata de cuestiones políticas, como es en realidad, ¿no puede el Gobierno de Gran Bretaña desautorizar esa locura, incomprensible e inadmisible en ningún momento, pero inimaginable en plena era de la globalización y del acercamiento de los pueblos? ¿Qué cabe esperar de las instituciones europeas que se afanan por la libre circulación de capitales, por la implantación de la moneda única, por el sometimiento a una organización militar costosísima y a una expansión comercial en el mundo con el único dios del mercado al que se someten todos los demás valores?
A veces, siento ganas de gritar y de echarme a la calle preguntando si es posible que, después de dos mil años del mensaje de Jesús de Nazareth, sigamos destrozándonos en su nombre. No es preciso ser cristiano ni musulmán, budista, animista, agnóstico o ateo: basta con saberse persona que comparte la humana condición.
Prof. José Carlos García Fajardo
Facultad de Ciencias de la Información
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